3 abril, 2020

Los que me conocen saben que no soy corporativista. Cada uno en esta profesión tiene que aprender a sacar sus castañas del fuego y asumir su manera de ejercer la profesión. Por tanto, no defenderé, ni juzgaré al compañero de TV3, Jordi Grau, por su tono, preguntas y lenguaje gestual en la entrevista con Luis Enrique, que tanta polémica ha suscitado.

Acabo de leer a mi amigo y compañero Rubén Uría, en su artículo “Matar a Luis Enrique”, publicado en el blog de Eurosport. Sin ánimo de polemizar me gustaría ofrecer el contrapunto a su visión, es por ello que pido permiso para utilizar una frase que define la actitud amenazadora y prepotente del entrenador azulgrana: “Es peor perder la educación, que un partido”.

Antes de entrar en la polémica, necesito unas líneas para decir que en la ciudad de la luz se le apagaron las bombillas al Barça. No era la primera vez esta temporada que se fundieron los plomos, en varios partidos anteriores ya había sufrido varios cortes de electricidad. Hace muy pocos días, en la semifinal de Copa frente al Atlético tuvo que sacar las velas para alumbrar la oscuridad que estaba padeciendo su juego.

Aquel apagón llevaba implícito un mensaje inequívoco, feroz y doloroso. La realidad fue clara y transparente: el Barça de Luis Enrique naufragó de forma estrepitosa, salvaje, e indecente. Ni siquiera hubo forma de que los violinistas pudieran tocar una sola nota de su conocida sinfonía para hacer más llevadero el hundimiento del trasatlántico azulgrana.

El Barça jugó completamente a oscuras desde el primer minuto hasta el último, cuando tuvo la pelota nunca supo para qué y, cuando la perdió, evidenció una inquietante desidia táctica para recuperarla. Fue una permanente negación. Ni ese buen toque de balón, ni tampoco esa presión ordenada y agresiva que le hizo un equipo excelso e indestructible. Ni recursos para la acción, ni capacidad de reacción. Ni plan trabajado, ni ánimo predispuesto. Ni fútbol, ni actitud.

Vamos con el asunto Luis Enrique. El técnico no se conformó con perder el partido por goleada sino que también, quiso perder la educación. No hay nada peor que no saber encajar la derrota volcando la ira con los periodistas. La fobia del asturiano empieza a ser patológica.

Luis Enrique tiene psicólogo personal para corregir su «alodoxafobia» (miedo irracional a la opinión de los demás). Entiendo que o no le hace caso, o si se lo hace debería despedirlo por no ser capaz de aplacar su furia. El irascible Martínez es un tipo incapaz de dominar sus impulsos en beneficio de la estética, un inexperto a la hora de entender que su oficio también consiste en saber ejecutar ciertos valores de imagen, aunque sean mínimos.

Los ciclos en el fútbol se acaban. Pero el sistema educacional debe ser un ejercicio diario sin fecha de caducidad. ¿Se atreverá el entrenador del Barcelona a reflexionar? Sinceramente, lo dudo. Luis Enrique se cree un tipo humilde, pero arrastra demasiadas soberbias que parecen incurables.

Hablando de fútbol, puede que haya querido inventar tanto que no haya inventado nada de nada. En apariencia se ha dejado llevar por el talento de unos jugadores que no parecen entusiasmados con su técnico. Es en el escenario de la peor o más cruel derrota, donde se ve la verdadera valía de un hombre. Anoche en París a Luis Enrique se le apagó la luz como entrenador y también en las relaciones interpersonales. Se avecinan tiempos de «cambio y corto».

José Joaquín Brotons

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