19 febrero, 2020
Estoy convencido de que si Ramos no jugara en el Real Madrid y no tuviera ese efecto halo que le atribuyen no terminaría los partidos en más ocasiones.

La sobreexposición mediática no acostumbra a tener un buen final para los protagonistas. Supongo que cuando estás en el Real Madrid o el FC Barcelona es más fácil que la televisión, las radios o los periódicos te sitúen en el centro de la actualidad. He llegado a la conclusión de que el único futbolista español que tiene licencia para todo, o casi todo, es Sergio Ramos García. Piqué podría ser el segundo de la lista.

Pocos jugadores gozan de una «protección» periodística, arbitral y social tan evidente como la que disfruta el mejor delantero de la defensa madridista. A veces, Sergio Ramos me recuerda a esos niños «malcriados» y «caprichosos» que tratan de ponerles a sus padres la cabeza como un «bombo», en aras de conseguir lo que quieren. ¡Y lo consiguen! «Quién no llora, no mama», dice el refranero castellano.

Si Ramos va a Sevilla (lugar que le vio dar sus primeros pasos) y gran parte de su ex afición decide pitarle cada vez que toca la pelota, se monta la de «Dios es Cristo». Abuchear a Sergio Ramos en Sevilla se ha convertido en una blasfemia, poco menos que un pecado mortal, que aviva el malestar de la «cofradía» que trata de proteger y mimar al héroe de Camas.

Si a Gerard Piqué le han menospreciado de un modo carpetovénico en algún campo de España, cuando viste La Roja, esa misma «cofradía» encuentra falsos motivos soberanistas para tratar de justificar lo injustificable, defender lo indefendible y tolerar lo intolerable. «Libertad de expresión» lo llamaban algunos, en función de quién es el criticado.

Si Andrés Iniesta (héroe para todos) recibe cada vez que va a San Mamés una vorágine de insultos inadmisibles, el eco de las denuncias es prácticamente anoréxico. Es una evidencia que los seres humanos somos propensos a no interpretar la realidad partiendo de análisis racionales, sosegados y basados en razonamientos válidos desde el punto de vista de la lógica.

Ramos es Ramos, el intocable. Igual su capa de héroe le ha permitido disfrutar de un «libertinaje protector» al alcance de muy pocos. Es como el Superman español sin calzoncillos rojos, el hombre que representa a una raza. Estoy convencido de que si Ramos no jugara en el Real Madrid, y no tuviera ese efecto halo que algunos le atribuyen acabaría en las duchas del vestuario no pocas veces.

Cada noche de partido, y la de ayer no es una excepción, tienta al destino (el árbitro representa bien esa figura) y sale indemne de la aplicación del reglamento. Es como su condición de superhéroe le hiciera invisible. Anoche el hombre de la capa se acordó de la familia del gallego Iago Aspas, algunos aseguran que la peor parte se la llevó su madre, sin que ese desprecio a un compañero fuera sancionado, ni tampoco la acción con el brazo en el cuello del rival.

Madre solo hay una y como decía Zidane antes del partido, al ser preguntado por los insultos recibidos por el héroe en Sevilla, no debe ser mentada ni para recordar que tiene un hijo. El árbitro del encuentro de ayer, otra vez el inefable Fernández Borbalán, le perdonó a Sergio Ramos la segunda amarilla y la consiguiente expulsión. Supongo que la pérdida de visión también se ha complicado con la pérdida auditiva.

Según las estadísticas Sergio Ramos es el jugador más expulsado en Primera División con 18 cartulinas rojas (ha superado en cuatro al mítico Fernando Hierro), también persigue el récord de tarjetas amarillas habiendo alcanzado las 150. No quiero imaginarme estos datos si los árbitros hubiesen aplicado el reglamento sin valorar el nombre del jugador y la camiseta que viste.

Estamos en enero y la «Cofradía» ha salido ya en procesión para pedir respeto para su héroe, el «Cristo de Camas». Hoy todos prefieren hablar del mal partido de Ronaldo mientras «la madre que nos parió», sufre en silencio la desdicha de saber que la protección que reciben unos, no es la misma que reciben otros.

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